jueves, 1 de julio de 2010

Un Tropiezo

El campo se encontraba cubierto de algodón. Mediaba enero, y Ciriaco se había levantado muy temprano a fin de aprovechar el fresco de la mañana para cosechar el algodón que aun quedaba en un claro del monte, como a siete cuadras de las casa.
Serían cerca de las once de la mañana. Estaba con la azada en la mano desde las cinco, y ahora el cansancio se desparramaba por su cuerpo lo mismo que el sudor que lo deshidrataba dejándole huellas de sal al secarse. Tenía sed y esperaba llegar cuando antes a su rancho para refrescarse bajo el chorro de agua de la bomba y beber después despacio y a sorbos lentos. Conocía los peligros del agua fresca para el que la bebe con ansia y con el cuerpo recalentado por las faenas del campo.
Decidió acortar el camino. En lugar de hacerlo por la huella que recorría cada día, caminó derecho por entre los yuyos altos y la gramilla espesa. Con la azada al hombro, y arrastrando a medias sus viejas alpargatas, trataba de avanzar por entre el malezal donde el año anterior había tenido la huerta. Iba distraído de lo que hacía y concentrado en lo que le esperaba. Ni tiempo tuvo de darse cuenta, cuando sus pies tropezaron en un gran bulto que estaba escondido entre el pastizal.
No hubo manera de evitar la brusca caída. Instintivamente arrojó a un lado la azada, para no lastimarse con ella, y dejó que el cuerpo cayera lo más flojo posible, para evitar quebraduras. Se dio un tremendo golpe que apenas lograron mitigar los yuyos y pastizales sobre los cuales cayó. Desde adentro le nació la necesidad de desahogarse con una maldición. ¡Lo que le faltaba al día!

Pero se contuvo. Si había tropezado, con algo sería. ¿Y si aquello fuera una sandía? Se puso de pie, y recogiendo la azada, fue despejando el lugar donde terminaban las huellas de sus pisadas y comenzaba la de su cuerpo. Y efectivamente, allí entre la gramilla alta y los yuyos frondosos, estaba una hermosa sandía. Pesaba como veinte kilos. Seguramente alguna semilla de la cosecha anterior había germinado entre los yuyos, y ahora le ofrecía su fruto de la única manera que tenía: poniéndoselo delante de sus pies.

A pesar del cansancio, del calor, y de su cuerpo dolorido por la caída, cargó con cariño la sandía sobre sus hombros y con cuidado completó la distancia que lo separaba de su rancho. Y mientras de antemano saboreaba la sorpresa que le daría a su mujer, se iba diciendo a sí mismo:

-¡No hay tropiezo que no tenga su parte aprovechable!

¿Cuántas veces nos encontramos maldiciendo, quejándonos por los tropiezos y caídas que sentimos que tenemos en nuestro diario vivir?
Si tenemos el tiempo para preguntarnos ¿Para qué me sirve haber tropezado? ¿No estaremos atentos a reconocer que nueva oportunidad se cruzo en nuestro camino? Tal vez, un día de estos nos encontremos, al igual que Ciriaco, saboreando la sorpresa de haber descubierto algo, hasta ese momento desconocido.

Adaptación del cuento Un Tropiezo publicado en Cuentos Rodados por el monje Menapace.

2 comentarios:

María Julia dijo...

Hola Mariano. Para comenzar te conocí en Trelew en una de tus visitas a la zona.
Siempre sigo tus noticias y esta particularmente me resultó muy buena. Tal vez porque pienso que verdaderamente un tropezon es una oportunidad, leído desde todo punto de vista. Soy mediadora y como tal apunto a estimular la opción del Conflicto como una oportunidad de aprendizaje, y esto es muy similar.
Gracias por el cuento. Muy enriquecedor.
Saludos desde el sur.
María Julia

Mariano Vazquez dijo...

María Julia, muchas gracias por tu comentario, es una forma de seguir a la distancia conectados.
Espero poder viajar pronto a tu Ciudad, de la cual guardo excelentes recuerdos y grandes amistades.
Un abrazo, Mariano