Mostrando entradas con la etiqueta Desafío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desafío. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de marzo de 2012

La ilusión del Control

Aun seguimos creyendo en la ilusión del control. Cada día hacemos frente a un mundo complejo y seguimos pensando en que podemos controlarlo.
En esta oportunidad, quiero compartir el ejemplo del control con este video.
Es mi deseo que lo disfruten...

viernes, 2 de marzo de 2012

Contacto Humano

En nuestra cultura no nos tocamos unos a otros, y el contacto muchas veces se interpreta mal, hasta se convierte en algo sexual. Cuando estudiaba Medicina me enseñaron que sólo se toca a las personas para hacerles un diagnóstico, y si uno las toca de alguna otra manera, incluso para consolarlas, pueden interpretar el gesto en forma equívoca. Pacientes con cáncer dicen que con frecuencia los médicos los tocan como si fueran un trozo de carne. Una mujer dijo: En ocasiones, cuando voy a hacerme quimioterapia, me tocan como si ignoraran que hay una persona dentro de este cuerpo. Sin embargo, el contacto es la forma más antigua de sanar.

El contacto es profundamente tranquilizador y vivificante. Es la primera forma en que una madre y su hijo se conectan. Entonces, tratemos de tocar a los pacientes con la ternura de una madre cuando acaricia a su hijo, porque lo que una madre está diciendo a su hijo con este contacto es: ¡Vive!, me preocupo por ti, tu vida me importa. Esto es muy importante. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Muchas personas nos dicen que cuando van a los hospitales experimentan esa indiferencia. No creo que se trate realmente de indiferencia: un cierto porcentaje del personal hospitalario está constituido por médicos que están agotados. Vieron tanto sufrimiento y dolor que no pueden aliviar, que ya no sienten nada. Están como entumecidos. Y si yo soy su médica y me siento insensible, usted puede percibir que soy indiferente. Pero quiero que comprenda que me volví insensible porque usted me importa mucho. Tenemos que aprender a entrenar a nuestros médicos para que puedan hacer su trabajo con el corazón bien abierto. Ese es un verdadero desafío.

Creo que eso es sanar: evocar la voluntad de vivir. Que no se evoca sólo haciendo algo, sino recibiendo a otra persona, abriendo los brazos a otro ser, dejando que esa persona sepa que su dolor, su sufrimiento y su miedo nos importan.

Rachel Naomi Remen es médica especializada en comportamiento y cuidado de pacientes con enfermedades críticas. Aquí, un fragmento de su libro El paciente humano.
La Nación 02/02/12

martes, 13 de septiembre de 2011

Confía y abre tus alas.

.. Cuando se hizo mayor, su padre le dijo:

- Hijo mío, no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes obligación de volar, creo que sería una pena que te limitaras a caminar, teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.

- Pero yo no sé volar - contestó el hijo.

- Es verdad... - dijo el padre y caminando lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.

- Ves, hijo, este es el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo , extenderás tus alas, y volarás.

El hijo dudó:
- ¿Y si me caigo?

- Aunque te caigas no morirás, sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento - contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo para ver a sus amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida. Los más estrechos de mente le dijeron:

- ¿Estás loco? ¿Para qué quieres volar? Tu padre está mal de la cabeza. ¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?

Los mejores amigos le aconsejaron:

- ¿Y si fuera cierto? Pero, ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó... Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero desgraciadamente se precipitó a tierra...

Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre:

- ¡Me mentiste! No puedo volar. Lo he probado y ¡mira el golpe que me di! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno.

- Hijo mío - dijo el padre - Para volar, hay que crear el espacio de aire necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas, ¿sabes? necesitas cierta altura antes de saltar.

Para volar, hijo mío, hay que empezar asumiendo riesgos.

Si no quieres riesgos, lo mejor quizás sea resignarse y seguir caminando para siempre.

Cuento: Jorge Bucay

miércoles, 17 de agosto de 2011

Empujar la Vaca

Esta historia se la dedico a un Gran Amigo, alguien que al igual que muchos, está transitando la incertidumbre de tomar una decisión.

Es mi deseo que disfruten de este relato...

Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar.
Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias.

Llegando al lugar, constató la pobreza del sitio: los habitantes, una pareja y tres hijos, vestidos con ropas sucias, rasgadas y sin calzado; la casa, poco más que un cobertizo de madera...


Se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: “En este lugar donde no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen para sobrevivir?

El señor respondió: “amigo mío, nosotros tenemos una vaca que da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso y otros derivados para nuestro consumo. Así es como vamos sobreviviendo.”


El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, se despidió y se fue.
A mitad de camino, se volvió hacia su discípulo y le ordenó: “Busca la vaca, llévala al precipicio que hay allá enfrente y empújala por el barranco.”


El joven, espantado, miró al maestro y le respondió que la vaca era el único medio de subsistencia de aquella familia.
El maestro permaneció en silencio y el discípulo cabizbajo fue a cumplir la orden.

Empujó la vaca por el precipicio y la vio morir.

Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante muchos años.
Un bello día, el joven agobiado por la culpa decidió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar. Quería confesar a la familia lo que había sucedido, pedirles perdón y ayudarlos.

Así lo hizo. A medida que se aproximaba al lugar, veía todo muy bonito, árboles floridos, una bonita casa con un coche en la puerta y algunos niños jugando en el jardín.
El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia hubiese tenido que vender el terreno para sobrevivir.
Aceleró el paso y fue recibido por un hombre muy simpático.

El joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años.
El señor le respondió que seguían viviendo allí. Espantado, el joven entró desconcertado a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacia algunos años con el maestro.


Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño de la vaca): “¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?”
El señor entusiasmado le respondió: “Nosotros teníamos una vaca que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así alcanzamos el éxito que puedes ver ahora.”



“Cada uno de nosotros tenemos alguna vaca que nos proporciona elementos básicos para nuestra supervivencia, pero que nos lleva a la rutina y nos hace dependientes de ella. Nuestro mundo se reduce a lo que la vaca nos brinda.”

Si sabes cual es tu vaca, no dudes en tirarla por el precipicio. Llegó el momento de pasar a la acción y salir de la rutina cuanto antes.